Una mañana sin pensarlo mi padre me dijo:
-hijo, seré un mal padre para ti- tan solo lo mire sin entender lo que decía.
Desde ese día lo fue.
El sabia muchas cosas, dibujaba excelente, sabía leer (cosa que me sorprendía a mis cortos 4 años). Recién descubría el mundo, sin un buen padre.
Casi nunca respondía a mis preguntas, y mucho menos me ayudaba con mi tarea, jamás hizo un dibujo para mí.
Muchas veces envidiaba a mis compañeros, porque me contaban las grandiosas cosas que hacían con sus padres; desde volar cometas hasta jugar a la pelota.
A medida que crecía menos atención me prestaba; así que aprendí hacer las cosas que el jamás me enseño. Aprendí a dibujar gracias a que el no dibujaba para mi, leía cuentos gracias a que el no me los leía; aprendí muchas cosas que él no me enseñaba. Entendí que debía aprender sin temor a equivocarme.
No me dio muchas cosas que le pidiese, casi nada. Tanto así que jamás me golpeo.
El único regalo que me dio fue que siempre me dijo que tenía que ser mejor que él.
Crecí aprendiendo a caer y levantarme, nunca descuide mi vida y mis estudios, para no decepcionar a mi mal padre.
Ahora que lo pienso, todo lo que no me dio mi padre me hizo lo que ahora soy y no lamento nada. Sé que él supo ser un mal padre, el mejor.
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